Había una vez una chica se llamaba Rose. Rose vivía en la ciudad de México y ella nunca se sentía triste porque siempre tenía el amor de sus papás y también el amor de su perro Chico, quién nunca dejaba el lado de Rose. Rose le gustaba mucho jugar con su perro Chico todos los días después de la escuela. Cada tarde, cuando Rose llegaba a la casa, Chico corría a Rose con mucho entusiasmo, pero un día, cuando Rose llegó a la casa, Chico no estuvo allá.
Con mucho miedo, Rose corrió al trabajo de su padre, gritando y gritando, “Papi, papi, no puedo encontrar Chico,” pero cuando ella llegó al trabajo, no podía encontrar su padre. Entonces, ella corrió a la casa para encontrar su madre. En su manera a la casa, Rose vio su amigo Tomás. Él le dijo a Rose, “¿Ay, Rose, qué pasó? ¿Por qué estás corriendo? Con lágrimas grandes en sus ojos, Rose respondió, “Tomás, no puedo encontrar mi perro precioso. Él es mi mejor amigo.” Tomás dijo, “Pues, Rose, yo puedo ayudarte buscar por él; yo soy su amigo también.”
Entonces, Tomás y Rose corrieron a la casa de Rose. Cuando ellos llegaron a la casa, todavía no podíamos encontrar nada adulto, la madre ni el padre. Rose estaba inquietísima, pero de repente, la puerta abrió y entraron la madre y el padre de Rose. Aunque Rose estaba feliz para ver sus padres, ella todavía se preocupaba sobre pobre Chico. Ella les dijo a sus padres, “No puedo encontrar Chico. No sé que pasó.” Tan pronto como estas palabras salieron a su boca, Chico apareció en la puerta con un nuevo corte de pelo. Este estuvo la razón que Rose no podían encontrar Chico, su padre, o su madre. Tanta preocupación para nada; Tomás fue a su casa, y Rose jugó con Chico por toda la noche.
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